17 / 25 junio 2011


Por Quinito L. Mourelle

A música de Atlantic Bridge, formación xurdida ao redor da asociación de dous vellos colaboradores —o pianista Alberto Conde e o guitarrista Steve Brown— é a resultante dun punto de encontro, dun denominador común entre músicos galegos e norteamericanos, tanto no tocante a labores compositivas como ás interpretativas. Podería definirse como jazz mainstream de autor. A pesar dalgunhas estruturas con visos sinfónicos, en liñas xerais é un jazz de exposición-desenrolo-exposición no que os solistas poden estenderse a gusto durante varios coros. Os seus estilos nesa sorte son moi variados pero sempre dentro dese territorio de conveniencia marcado polo proxecto e respectuoso co clasicismo, representado sobre todo pola guitarra de Brown.



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5.07.10 Un punto de encuentro y una despedida


Por Quinito L. Mourelle
La música de Atlantic Bridge, formación surgida en torno a la asociación de dos viejos colaboradores —el pianista Alberto Conde y el guitarrista Steve Brown— es la resultante de un punto de encuentro, de un denominador común entre músicos gallegos y norteamericanos, tanto en lo tocante a labores compositivas como a las interpretativas. Podría definirse como jazz mainstream de autor. A pesar de algunas estructuras con visos sinfónicos, en líneas generales es un jazz de exposición-desarrollo-exposición en el que los solistas pueden explayarse a gusto durante varios coros. Sus estilos en esa suerte son muy variados pero siempre dentro de ese territorio de conveniencia marcado por el proyecto y respetuoso con el clasicismo, representado sobre todo por la guitarra de Brown. Su concierto en Imaxina Sons discurrió sin grandes sorpresas y muy apegado a la grabación que han registrado recientemente. Una de ellas fue la cita de Walter White de Invitation con la que adornó su solo en Blues par Mar y que en el disco intercala, en cambio, en Florence, un tema de su autoría con una clara inspiración de Kenny Wheeler. Hubo solos sólidos y bien armados, aunque quizá fueron demasiado prolijos y lastraron un poco la dinámica del espectáculo.

El concierto de cierre de un festival siempre tiene un sabor especial. Si por algo será recordado Dave Douglas en la historia del jazz es por poder hacer —y hacerlo bien— aquello que se le antoje. En un festival como Imaxina Sons que se esfuerza en mostrar propuestas de vanguardia, la del trompetista norteamericano fue quizá una de las más conservadoras que se le conocen. No por ello su concierto perdió alguna cota de calidad. Creo que el ingrediente fundamental exhibido sobre el escenario fue el sentido del humor y la capacidad para jugar con los estilos (algunos muy populares). Nadie sospecharía de antemano que Douglas pudiese tocar en concierto un standard como Fly me to the Moon, pero así lo hizo, aunque como una suerte de cita interpretada sobre un tema sencillo y de aire africano. Como intérprete poco cabe decir de él y sí, por el contrario, del saxofonista Donny Mc Caslin, más desconocido para el público pero quizá el plato fuerte de la velada. Sus juegos con los intervalos y con patrones rítmicos repetidos con insistencia, convierten sus improvisaciones en una especie de música seriada de gran atractivo. ¿Estamos hablando del nuevo Chris Potter —también a las órdenes de Douglas en otros proyectos pretéritos—?

El año que viene más.



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