6º Festival de Jazz de Vigo


Por Quinito L. Mourelle

El concierto de O.M.E.G.A (Orquestra de Música Espontánea de Galicia) había generado una gran expectación tanto para los que desconocíamos su trabajo como para los que tenían la curiosidad de comprobar el resultado de su interacción con Fred Frith.

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30.06.09 Una orquesta con muchos megas y un repertorio sorpresa

Por Quinito L. Mourelle

El concierto de O.M.E.G.A (Orquestra de Música Espontánea de Galicia) había generado una gran expectación tanto para los que desconocíamos su trabajo como para los que tenían la curiosidad de comprobar el resultado de su interacción con Fred Frith. Los parabienes de estas líneas van dirigidos a ambos y, de un modo metafórico, a la comunicación, al milagro que supone el entendimiento entre esos dos organismos (el pluriforme frente al individual) para crear música o para liberarla de donde estaba escondida. El concierto constó de un único bloque de una hora de duración en el que la organización o las sugerencias conductistas de Fred Frith fueron moldeando una sonoridad evolutiva generada a partir de varios recursos: ostinatos que derivaban en capas de sonido solapadas, juegos de intercambio de fugaces papeles solistas en los que eran los propios músicos los que decidían quién era el siguiente en asumir ese rol etc. El resultado no fue otro que una hermosa muestra de música contemporánea generada en el momento, viva e irrepetible.

La mayor sorpresa del concierto de Miroslav Vitous no fue, como podía ser previsible, la exposición sobre la mesa de sus cartas: cómo recordar a un grupo liderado por un teclista reuniendo sobre el escenario una formación sin instrumentos armónicos. Pronto pudimos comprobar que no era el espíritu de Zawinul el que quería invocar el contrabajista checo. Y, como primera evidencia palpable, en la frente y sin aviso, nos espetó una hermosa versión de Autumn Leaves —sí, un standard de patio de colegio— en la que se destapó ya sin tapujos la emulación bakeriana del trompetista Franco Ambrosetti. También tuvo su espacio el italiano para arbolar su clasicismo bopero, casi gillespiano, en fraseos más atléticos, pero otra vez el repertorio —con I Fall In Love Too Easyly y en el bis con Stella By Starlight — nos trajo de vuelta al señor Baker y su emotiva vena melódica. El líder dejó patencia de su técnica y de su inventiva a la hora de combinar su interpretación con sonidos pregrabados (¿Estaba ahí dentro Zawinul, encerrado en una máquina como el genio de la lámpara?). El contrapunto formal debería haber llegado de la mano del saxofonista Robert Bonisolo, dueño de un discurso más moderno que el del trompetista pero sin intención de romper los moldes.