17 / 25 junio 2011



Por Quinito L. Mourelle

La reunión de una dupla sui géneris por estos lares como la que forman el pianista Jacobo de Miguel y el vibrafonista Tom Risco, debería entenderse como un síntoma del buen estado de salud del que puede presumir en la actualidad el jazz hecho en Galicia.

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27.06.09 Salud atlántica y flashback al rock sinfónico


Por Quinito L. Mourelle

La reunión de una dupla sui géneris por estos lares como la que forman el pianista Jacobo de Miguel y el vibrafonista Tom Risco, debería entenderse como un síntoma del buen estado de salud del que puede presumir en la actualidad el jazz hecho en Galicia. En la proliferación galaica de músicos, escenarios y grabaciones que venimos observando a lo largo del último lustro, la osada conjunción de dos instrumentos armónicos destaca como propuesta que rescata de forma desnuda algunos elementos del jazz que son en realidad sus valores intrínsecos: el espíritu lúdico, el compañerismo y la maleabilidad. Defendiendo un repertorio original con tintes de blues y con alguna deuda u homenaje al trabajo de Gary Burton con Corea y Makoto Ozone, el dúo ha alcanzado ya una brillante madurez interpretativa y una sorprendente habilidad para intercambiar roles sobre el escenario. La cristalización de esa progresión puede ser la excelente versión del standard Polkadots and Moonbeans, no incluida en su primer trabajo discográfico editado por Free Code pero seguramente avance de una segunda entrega. En el recuerdo quedará también la ternura que contagia una composición tan hermosa como Mel.

El testigo fue recogido por la banda de Rita Marcotulli en su particular homenaje a Pink Floyd. El proyecto de la pianista romana mantiene un notable grado de fidelidad al rock y a las miras de aquellos grupos que a principios de los setenta revitalizaron el género con una concepción sinfónica o con orientaciones jazzísticas o abiertamente experimentales. (Desgraciadamente acaba de dejarnos hace pocos días uno de los mejores embajadores de aquella efervescencia, el bajista Hugh Hopper.) Con una estructura de grandes bloques en la que los temas se enlazaban con diferentes recursos, cobraron protagonismo la guitarra de Nguyên Lê y las percusiones de Michele Rabbia, quien utilizó también su laptop como cofre del tesoro de sonidos y ambientes. El guitarrista vietnamita dejó patente en un dúo con el cantante “Raiz”su versatilidad a la hora de acompañar, pasando del clasicismo de aquellas grabaciones de Joe Pass para Pablo Records en las postrimerías de su carrera a otros vuelos mucho más modernos y originales. Se echó en falta, en cambio, un mayor concurso del saxofonista Andy Sheppard, algo desaparecido en una formación tan amplia.

La noche seguía oliendo a jazz cuando el cuarteto de Paco Dicenta interpretaba en el XancaraJazz una emocionante versión de Maiden Voyage, mi último recuerdo de esta segunda jornada de Imaxina Sons.



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