6º Festival de Jazz de Vigo

Por Quinito L. Mourelle

Juan Claudio Cifuentes y Javier de Cambra volvieron a Imaxina Sons para continuar con la charla iniciada el año pasado e incompleta por falta de tiempo. Lo cierto es que, debido a la facundia oratoria de Cifuentes y a la ingente cantidad de anécdotas y recuerdos que atesora en su memoria (¿para cuándo ese libro de memorias?), la escasa hora de esta segunda entrega volvió a revelarse insuficiente.

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1.07.09 La poética de la extenuación

Por Quinito L. Mourelle

Juan Claudio Cifuentes y Javier de Cambra volvieron a Imaxina Sons para continuar con la charla iniciada el año pasado e incompleta por falta de tiempo. Lo cierto es que, debido a la facundia oratoria de Cifuentes y a la ingente cantidad de anécdotas y recuerdos que atesora en su memoria (¿para cuándo ese libro de memorias?), la escasa hora de esta segunda entrega volvió a revelarse insuficiente. El punto de partida fueron los años setenta y el primer viaje a Nueva York de Cifuentes para asistir al festival de Newport, en el que se citaron, entre otros, Armstrong, Gillespie o Mahalia Jackson. También surgieron por el camino anécdotas y reflexiones sobre el papel de la radio en la difusión cultural, los festivales y la evolución del jazz y sus músicos en España. ¿Habrá una tercera entrega? El público seguramente estaría encantado a tenor del cariño que les profesa a ambos conferenciantes.
El concierto de Agustí Fernández tuvo dos partes bien diferenciadas a pesar de presentarse en un solo bloque ininterrumpido. En la primera, el catalán exploró las entrañas del piano centrándose en la manipulación de las cuerdas gracias a diversos objetos cuya forma, densidad y material de construcción influye notablemente en la sonoridad resultante. De un punto de partida silencioso y con mucho espacio se llegó a momentos de gran intensidad e incluso de saturación tímbrica. Una vez sentado, el pianista arboló un bosque colosal en el que la digitación y los exabruptos se encaminaron a profundizar en la rítmica. Algo de la energía de Cecil Taylor, pero también de la parte más dionisíaca del postromanticismo de Alexander Scriabin —heredado también por su compatriota Simon Nabatov, otro pianista en la órbita de Agustí— se colaron en una magnífica y entregada interpretación. Como colofón, el improvisador nos obsequió con un ataque furioso de ambas manos en los agudos para ir bajando progresivamente, pero con extrema lentitud y sin bajar la intensidad, hasta los graves. El esfuerzo empleado fue tal que los asistentes al concierto pudimos comprobar cómo la respiración del pianista se hacía cada vez más difícil a medida que el desgaste físico iba mermando su resistencia. Al llegar a los graves, donde la pieza concluyó con un emocionante fundido, había alcanzado una suerte de éxtasis provocado por la extenuación. Una belleza.