Por Quinito L. Mourelle
La propuesta del saxofonista Josetxo Goia-Aribe y su Orquesta Jamalandruki rescata fórmulas populares, de calle y fanfarria, para exponerlas en un contexto jazzístico y supuestamente irónico. El material de punto de partida es infrecuente en conciertos de escenario, en los que difícilmente se cuelan ritmos binarios y melodías de nuestras fiestas tradicionales.
Por Quinito L. Mourelle
La propuesta del saxofonista Josetxo Goia-Aribe y su Orquesta Jamalandruki rescata fórmulas populares, de calle y fanfarria, para exponerlas en un contexto jazzístico y supuestamente irónico. El material de punto de partida es infrecuente en conciertos de escenario, en los que difícilmente se cuelan ritmos binarios y melodías de nuestras fiestas tradicionales. La polifonía de voces y los arreglos hablan de un buen trabajo al que, sin embargo, le falta más ironía, más Mingus y una ruptura que deshaga una línea demasiado respetuosa con los géneros que se revisitan. Por decirlo en otras palabras: en el viaje de la calle al auditorio se ha perdido algo de esa esencia de la calle y algo del espíritu de la sorpresa —o la magia que representa Jamalandruki—. Un “refreeclaje” —y permítaseme la expresión acuñada para la ocasión- le hubiese sentado de maravilla a una buena intención, unos buenos músicos y un repertorio distinto en el que, por cierto, también se hicieron buenos guiños a Monk.
También la tradición inspira la música del tunecino Anouar Brahem, aunque su dirección y abordaje son muy diferentes. Los tres pilares de su trío trabajan en la misma intención de convertir el folclore en música de cámara intimista, anclada en los modos menores y en las armonías y escalas que le son propias a su tradición. En esa contención, en la que se reservan espacios para la improvisación pero también se suceden numerosos obligados, Jean Louis Matinier sorprendió con una esperada primera intervención en solitario. Sin desvirtuar la rítmica ni el clima de la composición, el acordeonista se permitió una apertura armónica y estilística que refrescó el ambiente de la cámara con la entrada de brisas más jazzísticas. Fue sin duda uno de esos solos que quedan para el recuerdo de un festival.
Él último de la noche, no obstante, volvió a protagonizarlo el cuarteto de Paco Dicenta, renovado por exigencias del guión, con una vibrante interpretación de Footprints en la que se bregaron a fondo y con muy buen criterio todos los miembros y especialmente los recién incorporados Iago Vázquez y Pablo Castaño.