6º Festival de Jazz de Vigo


Por Quinito L. Mourelle

La quinta edición de Imaxina Sons se clausuró con un programa doble protagonizado por amplias formaciones. Aunque el único homenaje explícito del repertorio defendido por el septeto/octeto de Abe Rábade fuese el dedicado al quinteto de Miles Davis, lo cierto es que también se percibieron los efluvios de otras esencias dispares.

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8.07.09 Doble broche

Por Quinito L. Mourelle

La quinta edición de Imaxina Sons se clausuró con un programa doble protagonizado por amplias formaciones. Aunque el único homenaje explícito del repertorio defendido por el septeto/octeto de Abe Rábade fuese el dedicado al quinteto de Miles Davis, lo cierto es que también se percibieron los efluvios de otras esencias dispares. Por un lado, en lo tocante al propio Rábade, su estilo y ataque, el tributo fue para McCoy Tyner: el discurso del compostelano se le asemeja en no pocos pasajes por sus potentes descargas de la mano izquierda, el sentido rítmico y la facundia de una mano derecha portentosa, aunque también Jarrett asoma en fragmentos a piano solo como el de la introducción que presidió el concierto. La sombra de Pat Metheny afloró en el terreno de la composición en el primer tema en el que se subió al escenario el guitarrista Virxilio da Silva —invitado sorpresa—, pero también en algunos trechos de Iria. Kenny Wheeler (y especialmente el de su disco Deer Wan) apareció en una larga introducción con una marcada melancolía en el penúltimo tema antes del bis, quizá lo más logrado en lo tocante a la escritura de lo escuchado (la mayor parte todavía sin grabar). Retrocediendo en el tiempo, el dúo de saxos interpretado en las postrimerías del concierto fue también un guiño acertado a la irrepetible dupla de Marsh y Konitz. El pero no es otro que el de, después de haber constatado todas esas referencias al pasado, echar en falta ventanas que miren hacia el futuro o, por lo menos, al presente.
La Vienna Art Orchestra presentó su todavía inédito Third Dream, una apuesta personal por rescatar la fórmula del third stream. La inclusión de un cuarteto de cuerda contribuyó a decantar la balanza hacia el terreno de la clásica, no solo por la sonoridad que aportó sino también por algunas intervenciones en solitario en las que el lenguaje del bop se dejó a un lado para abrazar el de las cadencias de los conciertos. El trabajo de la composición y los arreglos es sobresaliente y también lo son los intérpretes. Sin embargo, la propuesta adolece de cierta homogeneidad en el colorido (ocre, con olor a modos menores) y peca, en cambio, por la ausencia de sorpresas que rompan la dinámica. Por ello fue todo un refresco la propina y su alegría de ragtime.