Pocas veces uno tiene la suerte de asistir a un concierto verdaderamente redondo, del que no sólo se sale con la satisfacción de haber escuchado una música magnífica y magistralmente interpretada, sino también con la refrescante sensación de haber transitado por territorios desconocidos.
Por Quinito L. Mourelle
Pocas veces uno tiene la suerte de asistir a un concierto verdaderamente redondo, del que no sólo se sale con la satisfacción de haber escuchado una música magnífica y magistralmente interpretada, sino también con la refrescante sensación de haber transitado por territorios desconocidos. Llevados dócilmente por la propuesta de Andreas Willers, la inmersión en esa geografía resultó del todo placentera. Como guitarrista, su estilo emerge por sorpresa mutado en mil colores camaleónicos: miniaturista, paisajista, clásico, gótico, roquero, free… Sirva como botón de su capacidad de inventiva su manera de utilizar los loops para desintegrarlos caprichosamente: en vez de procurar un clima de capas superpuestas para improvisar por encima, el alemán persigue la ironía una incomodidad insostenible al cruzar líneas rítmicamente antagónicas. Otro fuerte de su propuesta es un inteligente reparto de roles por el que se suceden con naturalidad solos, dúos o tríos sin recurrir a las fórmulas manidas del jazz clásico. Los obligados están muy trabajados y el equilibrio entre éstos, las partes más formalmente pactadas y el free es sencillamente delicioso. El cuarteto sentó cátedra manteniéndose a la altura de la propuesta.
Ya en la Praza do Rei, Pepe Evangelista presentó Teima con una lectura más abierta que la registrada en su grabación. Sus composiciones ganaron enteros con un planteamiento que puede reconocerse fácilmente en temas como El Marquesito y que probablemente apunten una nueva dirección en la trayectoria del guitarrista. Sus acompañantes también parecen sentirse más cómodos en esa línea de interpretación.
El concierto de la orquesta de Santiago de la Muela discurrió por horizontes más clásicos y, en general, inscritos en la concepción al uso de la big band, sus posibilidades y sus repertorios habituales. Las excepciones fueron un tema de inspiración brasileña, su emotivo Fin del Trayecto —en el que se aventura por armonías más oscuras e inquietantes— y el espacio reservado al solo de Marcelo Peralta, que destacó en la noche por su mordiente. Con la máquina a pleno rendimiento, los arreglos y la dirección brillan con mayor intensidad y la orquesta justifica su mirada nostálgica.